
La bruja, un término despectivo y misógino para referirse a las mujeres de ciencia en la edad media y principios de la edad moderna donde hoy es Europa occidental. Estas mujeres llenas de conocimiento y poder fueron quemadas en la hoguera por la ignorancia y el fanatismo religioso, tanto cristiano católico como protestante, sobre todo en el Sacro Imperio Romano Germánico (Alemania).
Desde la revolución neolítica y con el surgimiento del Estado como sistema de organización de las nuevas sociedades agrícolas, la estructura social, política y económica estuvieron a cargo los hombres, respaldados por un conjunto de tradiciones y creencias religiosas. El papel de las mujeres en la historia se ha reducido a encargadas de las labores domésticas, cuidadoras, cocineras y procreadoras de los futuros campesinos, obreros, esclavos o herederos al trono. Su trabajo designado es el de madre y esposa, limitado y obligado. Es importante resaltar que éste nunca ha sido remunerado.
En la edad media se vivía bajo un régimen feudal, concretamente se entiende como un conjunto de relaciones de producción y dependencia entre el campesino y el señor propietario de la tierra que aquél usufructúa, en un momento de predominio de la agricultura como fuente de riqueza. La vida se centraba en las comunidades, en el medio rural. La educación estaba controlada por la religión predominante: el cristianismo. Sólo recibían educación los miembros del clero, los cuales tenían acceso tanto a lo religioso como a los demás conocimientos culturales. Los miembros de la nobleza recibían exclusivamente educación militar con el fin de participar en torneos y en actividades guerreras. Por lo general la población era analfabeta.
La misoginia de la Iglesia tuvo gran influencia en la creación de este imaginario social sobre la bruja. La Iglesia cristiana católica no torturaba ni quemaba a las brujas directamente, pero colaboró en gran medida en las persecuciones al exaltar la imagen demoníaca de la mujer y avivar el sentimiento de odio misógino que predominó hacia todo lo femenino en esa época. La Iglesia acusaba a las mujeres de lascivas y sostenía su inferioridad moral e intelectual. El poder judicial y el poder religioso no estaban separados. La Iglesia no hizo nada para oponerse a la persecución de las brujas, asistía a las ejecuciones y recién en 1657 condenó las persecuciones, cuando ya habían sido torturadas y asesinadas miles de mujeres.
Las mujeres sospechosas de brujería eran mujeres de bajos recursos económicos y solas (sin marido, padre, hermano o hijo varón a cargo de ellas), vivían aisladas en los bosques, alejadas de la civilización y el orden establecido. Se mantenían de dar servicios a los pobladores cercanos. Entre los oficios estaba el trabajo de parteras, curanderas con gran conocimiento en herbolaria, perfumeras y cocineras. Fueron las primeras químico fármacobiólogas, psicólogas y psiquiatras. Heredando así el saber de generación en generación. Para el tiempo en el que vivieron, sus conocimientos eran muy avanzados, ellas tenían el poder de controlar la natalidad, los fármacos y la sexualidad, factor importante por lo que eran despreciadas, pues la liberación sexual de las mujeres en la edad media era cosa del diablo. Dado que, según los hombres de la época, las mujeres tenían un intelecto inferior, era inexplicable como podían curar y resolver todo tipo de problemas por ellas mismas.
Entre los siglos XV y XVIII se dio una persecución particularmente intensa de la brujería, conocida como “caza de brujas”. Esta persecución afectó a la totalidad del territorio europeo, si bien fue particularmente intensa en Centro Europa, en los estados semindependientes bajo la autoridad nominal del Sacro Imperio Romano Germánico, y en la Confederación Helvética. Los estudiosos actuales del tema dan una cifra aproximada de 110 mil procesos y 60 mil ejecuciones, a pesar de que cálculos anteriores arrojaban cifras mucho más elevadas.
La principal acusación contra las brujas era la de demonolatría, o adoración del Diablo, concretada ya en una obra clásica sobre el tema, el Malleus maleficarum (‘martillo de brujas’), fue compilado y escrito por dos monjes inquisidores dominicos, Heinrich Kramer, también conocido como Heinrich Institoris, y Jacob Sprenger. Obra donde afirmaban la existencia de demonios y poderes sobrenaturales malignos. La creencia de los autores de que las mujeres eran criaturas inferiores, más débiles y fácilmente corruptibles, está enfatizada a lo largo de todo el texto. Entre los siglos XVI y XVIII aparecieron numerosas obras de eclesiásticos y juristas acerca de este tema.
Contra lo que suele creerse, la mayor parte de los procesos por brujería los llevaron a cabo tribunales civiles, y la Inquisición tuvo un papel mucho menor. Los procesos tuvieron lugar por igual en países católicos y protestantes. En los territorios de religión ortodoxa, en cambio, las cazas fueron de intensidad mucho menor. Durante estos procesos, se aplicó con frecuencia la tortura para obtener confesiones, por lo cual los investigadores actuales suelen manifestar cierto escepticismo acerca de lo manifestado en los juicios por brujería.
Miles de mujeres fueron asesinadas principalmente por el hecho de ser mujeres, por no obedecer un rol de género establecido, por poseer conocimiento de las ciencias naturales y ser libres pensadoras. En tiempo actual, nos creemos la idea de que las brujas son mujeres malas, montan una escoba, tienen gran nariz y el cabello verde, que comen niños y tienen casas de caramelo. Pero la realidad fue distinta y el conocimiento que poseían se quemó junto con ellas.
